Juan y Luisa

Ayer vinieron Juan y Luisa a la consulta. Ella 83 años y con una demencia senil incipente, él 85 años y agarrado a su mano. Entre los dos toman menso fármacos que la mayoría de los pacientes de esa edad. Personas rudas, acostumbradas todos los días a trabajar de sol a sol desde su infancia hasta una jubilación donde ahora todavía recogen algo de aceituna y uvas de su terreno del pueblo.

Ayer vinieron Juan y Luisa a la consulta y me recordaron algo que un médico no debe olvidar.

Entraba ella primero con una gran sonrisa. Pasos cortos y mano agrrada a su esposo. Por detrás él con cara algo más triste de lo habitual.

Luisa se sienta en la silla sin perder esa sonrisa. Juan empieza a hablar. Tiene tos. Ha pasado toda la noche tosiendo y él “no ha pegado ojo” pendiente de la mujer.

Exploro a la mujer que está bien salvo la tos que me ha relatado Juan. De repente él pone cara de dolor y le pregunto qué le pasa.

JUAN: “Nada, parece que me duele un poco la tripa”

YO: “Anda, túmbate y lo vemos”.

J: “No, déjalo, tienes mucha gente esperando y además yo no he pedido cita. Este dolor lo tengo desde hace tiempo”.

Y: “Túmbate en la camilla”.

Abro la historia clínica de Juan. Excepto una hipertensión que cotrola sin fármacos (diagnosticada cuando a Luisa le diagnosticaron “lo de la memoria”, no hay nada reseñable en la historia. Mantenemos el diagnóstico desde hace 4 años sin claro criterio, pero eso hace que una vez al mes vengan a la consulta de enfermería y le demos apoyo emocional ya que hay que cuidar al cuidador) no tiene ningún diagnóstico relevante. La última vez que consultó por él fue hace 7 meses.

Tienen dos hijos que trabajan y van los fines de semana a verles, “pero hablamos por teléfono todos los días” y nunca les han podido acompañar a la consulta.

Juan se ha desvestido “de cintura para arriba” y veo al tumbarse una asimetría en su abdomen, Al explorarlo toco una masa gigante dura, bien delimitada que ocupa hipocndrio y flanco izquierdo. (“el bazo, pienso”). Les pregunto si tienen prisa porque quiero hacerle una ecografía.

Se que si no aprovecho este momento a lo mejor Juan no vuelve mañana por quedarse a cuidar a Luisa, o Luisa tiene más tos y no vienen a consulta…. Tiene que ser ahora aunque ya haya acumulado 20 minutos de retraso a lo largo de la mañana (menos mal que estamos acabando).

Salgo de la consulta y me dirijo a la sala del ecógrafo. No hay nadie (“Menos mal!”) y enciendo el aparto.

Voy de nuevo a la consulta y les digo que me esperen fuera.

Aunque no pretendo sustituir la figura de un radiólogo, es cierto que la ecografía clínica me reporta en la consulta una serie de datos que en ciertos casos pueden ser muy útiles para la toma de decisiones o para poder continuar unos pasos pasos más algún diagnóstico diferencial. Con Juan hago 5 o 6 cortes abdominales. Nada en el hígado. Veo mal el riñón derecho por todo el gas del ángulo hepátic del colon. No parece haber nada… Me voy al lado izquierdo y me asomo entre sus costilas. Veo perfectamente el bazo de un tamaño normal y ahí aparece.

Una lesión de paredes finas, anecoica, de 15 x 8 cmts, retroperitoneal. No veo el riñón izquierdo.

Y: “Juan, veo un “quiste” en la tripa y me gustaría que lo echaran un ojo en el hospital, ¿puedes llamar a un hijo y hablo con él?”.

Es la primera vez que hablo con un hijo de Juan y le explico la situación. Luisa me sigue mirando con una sonrisa en su cara, sentada en la silla, ajena a todo. Juan está bien, pero con algo de dolor después de la ecografía.

Quedo con su hijo que sale inmediatamente del trabajo y viene directo al centro de salud a recoger a sus padres para ir al hospital. Voy rellenando el volante de urgencias. Una hora de retraso en la consulta.

Al cabo de los días regresan. Ya había visto los resultados de las pruebas a través de la conexión a la intranet del hospital, pero dejo que Juan me cuanete. Aún no hay diagnóstico definitivo, está pendiente de más pruebas que se harán de forma ambulatoria preferente y ya tiene citadas para la semana que viene.

Al salir Luisa me da un beso en la mejilla. Nuncal lo había hecho.

Juan y Luisa me recordaron algo que un médico no debe olvidar… cuidar al cuidador. Es cierto que no habíamos prestado suficiente atención al cuerpo de Juan, sólo a su ánimo. Siempre hablando de Luisa, de cómo están los dos, de como andan las fuerzas para cuidarla… pero hacía mucho que no le habáimos mirado ni siquiera “la tripa”.

El beso de Luisa es lo que da sentido a nuestro trabajo. El beso de Luisa, con un haz de luz en su mirada, vale más que cualquier nómina o reconocimiento de tus jefes y compañeros.

Juan y Luisa son nombres ficticios. Mis pensamientos reales y sinceros.